A principios de los noventas se vislumbraba un promisorio y perfecto futuro. No para nosotros, los raspados de la olla, por supuesto. Pero el futuro allí estaba.
Pasada la llamada "primavera alfonsinista", que yo no vi florecer, ya sea por mi inmadurez o por mi espíritu gris que nunca me permitió disfrutar de tal cosa, lo que se venía era un verano sin ventiladores; ni hablar de aire acondicionado.
En esas lamentables condiciones, mi éxito como un predecible y oxidado técnico electromecànico chocó con la rigidez de las matemáticas y la química, y nunca se pusieron de acuerdo con mi inalterable pasión por el rock, la lectura informal y el fútbol. Tres cosas que no ayudan mucho si uno quiere ser un triunfador en la vida, tomando en cuenta los cánones de esa época. Aunque para pasar el rato puedan ayudar en algún momento.
Con estos antecedentes recaí en la escuela que en aquel entonces tenía el peor concepto de la comunidad toda. El "Piedra", como era conocido popularmente, estaba tercera en el ranking de tres:
Primera. repito, siguiendo los dictàmenes de esa época, era el Estrada.
¿Que era el Estrada? El colegio privado por excelencia de mi ciudad; hàbitat de todos los hijos de comerciantes; y de los vàstagos de piojos resucitados que querían cagar más allá de la altura de su culo. Ridículos pibitos de uniforme, que a la salida se decian "punks" porque papá y mamá les compraban las All Stars de moda y le achupinaban los lienzos.
Chicas y chicos chetos que gastaban en un jean lo que el resto gastaba en un año en toda su vestimenta. Y que miraban por sobre el hombro a cualquiera que se dignara a pasar cerca con un guardapolvo, o sin él, mostrando la simpleza de su colegio. Y repito, era un colegio privado, y eso lo decía todo.
El segundo lugar lo ocupaba la Técnica 3; imponente edificio de tres plantas; con imponentes laboratorios y talleres; con un nivel académico extremadamente exigente cuando se superaba el filtro del 3er año y uno encaraba para una tecnicatura.
Sólo la escases de especímenes femeninos, y lo vergonzante de su guardapolvo azul eran algo que no permitían su mayor aceptación en el alumnado.
Eso sin hablar del doble turno, que excluía de por sí a los flojos de espíritu trabajador.
La nula participación femenina en sus matrículas era algo que los padres, obviamente, no tenían en cuenta cuando lo anotaban a uno en primer año. Y a decir verdad, tampoco nosotros lo teníamos en cuenta. Pero en tercer año la ecuación era otra...
Y así llegué al "Piedra". Me ayudó llegar con una horda de pibes caídos del catre; paracaidistas como yo que eran la resaca de todas las escuelas del sur y sus alrededores.
No quiero dar nombres, pero eran de temer. Y en un turno tarde, en el que curiosas niñas de entre 14 y 17 años tomaban la llegada de éstos sàtrapas como un acontecimiento histórico, dio como resultado que cualquier 4 de copas pasó a ser el galancito de la telenovela. Y tocamos el cielo con las manos, entre otras cosas.
Cual groupies, las niñas esperaban a estos tipos deseosas de que las inviten a salir, de que las lleven a la plaza o a la 843, que era la calle de los encuentros furtivos, de los besos intempestivos, de las caricias que papá nunca debía enterarse.
Y uno que era un maula, tomaba esto con una incredulidad casi ingenua, como que fuese la vida de otro. Y dejaba pasar el tiempo, esperando que la realidad ponga las cosas en su lugar: uno era bastante pelotudo, y algún día se iban a dar cuenta.
Pero no: al otro año las nuevas ingresantes renovaban las esperanzas; y las que ya estaban se resignaban ante la nula posibilidad de poder elegir. Eran "ellos" o buscar en otro lado. Y como "ellos" eran fàciles, siempre les ganaba la ansiedad.
El cruel Marzo había dejado en el alambrado, colgados, al 80 por ciento de los "nuevos" y los que quedaron pasaron a tomar caràcter de "especímenes en extinción", poniéndolos otra vez en el centro de la escena. Y mal no les iba, a pesar de su innegable estupidez.
Así, estos tipos condenados a ser los perdedores, los tristes castigados a la soledad de la reunión de amigos, fútbol, asado y vino, tuvieron su oportunidad de interactuar con el sexo opuesto. Y a alguno que otro mal no le fue.
Pero esa es otra historia