1989. Año complicado en la historia de nuestro país y crucial en la vida de un grupo de alumnos del Piedrabuena de San Francisco Solano. Finalmente mis compañeros y yo llegabamos a 5to 1ra, el último año de la secundaria, del que egresaríamos con el título de Bachiller Contable.
Era el sexto y último año del mandato presidencial de Raúl Alfonsín. Pero la evolución de la coyuntura socioeconómica representó pasar de la primavera democrática de los primeros años a una situación de vulnerabilidad y sobrevivencia de amplios sectores sociales. El deterioro de diversas variables políticas, sociales y económicas nos llevó a situaciones de hiperinflación, saqueos, piquetes y a un notorio debilitamiento de la "fe" ciudadana en la democracia y, sobre todo, en la autoridad presidencial para intentar revertir la realidad adversa.
Todo ello obligó la entrega anticipada del poder político a manos del recientemente vencedor en la contienda electoral: Carlos Saúl Menem.
Aparecía en la población una luz de esperanza a la espera del accionar del nuevo gobierno, pero igualmente los últimos meses del 89 fueron realmente duros porque modificar la realidad le demandó al presidente y sus ministros varios ensayos de prueba y error.
En ese cambiante y traumático contexto socioeconómico se desarrolló nuestro último año en el Piedrabuena. Dieciseis chicas fueron parte de aquel 5to 1ra, curiosamente una cantidad muy similar a las que iniciaron conmigo la secundaria en 1ro 12 del 85, con la salvedad de que ninguna de mis compañeras de quinto año lo había sido en primer año.
Rodriguez Ana y Coca Sandra lo venían siendo desde 2da 6ta del 86; María José Puegher y Sandra Parera eran mis compañeras desde 3ro 1ra. El resto (Gabriela Colatruglio, Veronica Corpar, Sandra Casoratti, Ema Caballero, Patricia Díaz, Mendez, Veronica Lopez, Gutierrez, Samanta Pobiegajlo, Villalba, Mora y Miriam Coca venían desde el año anterior.
Creo ya haberlo mencionado pero resulta interesante destacar que mi relación con ellas nunca había sido capaz de crear un vínculo tal que permitiera una conexión más allá de aquel último año en el Piedrabuena.
Pero a la luz de lo acontecido las dos décadas que siguieron a ese año 89 es llamativo observar que, salvo escasas excepciones, no hubo un contacto permanente y regular entre el grupo de varones y el de mujeres de 5to 1ra luego de finalizada la secundaria.
Profundizando en la cuestión hasta parece ser que ni entre el grupo de las egresadas hubo una comunicación fluida hasta años recientes; cuestión que comenzó a ser superada, en parte, por la amplia difusión de los beneficios, en materia de fortalecimiento de los vínculos personales, que otorga el uso de las redes sociales.
La gran mayoría de los varones de aquel grupo del 89 hasta el momento han logrado mantener un contacto, que si bien es cierto que por temporadas parece decaer, vuelve periodicamente a fortalecerse. Seguramente en ello ha sido importante que fuera más reducido el grupo de varones egresados: Miguel Ángel Cáceres, Elvio Gimenez y Gustavo Tupone fueron mis compañeros desde 1ro 12; José Luis Moyano y Sergio Rodriguez se unieron en 2do 6ta; Gabriel Alfieri en 3ro 1ra y Adrian Lombardo, Marcelo Roth, Manuel Fernández y Oscar Kobal fueron mis compañeros desde 4to 1ra del 88.
Veintiseis personas en total, entre mujeres y varones, que fueron mis compañeros en aquel año 89, pleno de tensiones, violencia, resistencia, sueños, incertidumbre , esperanzas. Veintiseis personas cuyos nombres aparecen en una larga lista, junto a todos los que alguna vez fueron mis compañeros en mis cinco años en el Piedra, que se aproxima al centenar de integrantes.
La primera impresión es que solo se trata de una lista de nombres. Pero no nos quedemos con la primera impresión. Existe un sentido más profundo para todos ellos: cada uno de esos nombres representa una existencia humana que he conocido, con mayor o menor intensidad, en algún tramo de mi propia existencia; lo que nos entrelaza es el hecho de haber sido alumnos del Piedrabuena de Solano.
Imposible saber que ha sido de cada uno de ellos en todo este tiempo que ha transcurrido. Tengo sus nombres y/o apellidos pero los rostros de muchos de ellos se han perdido en las profundidades de la memoria. He pretendido rescatar y conservar el recuerdo de todas esas existencias por medio de este humilde escrito. La escritura demanda un esfuerzo de ordenamiento de ideas, procesos e imágenes atrapados en la memoria. Hacer uso de ella es pieza clave para la reinterpretación de la historia personal.
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